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Del fondo del mar a la inmensidad del cosmos, la increíble historia de Ángela Posada

Entre bocado y bocado, cuenta algunas historias, su objetivo de llegar a Noruega, puntualmente a Svalbar para hacer un documental sobre la Bóveda Global de Semillas, un sorbo, y comenta cómo Colombia hace parte de este gran banco de semillas gracias al CIAT de Cali. Pasa los dedos por su cabello y suelta una risotada.

Una papita frita y algo de salsa de tomate para retomar el hilo de la conversación con los recientes descubrimientos de las ondas gravitacionales y cuál es el impacto de la física cuántica en nuestras vidas. Y al terminar el plato fuerte, recuenta algunos momentos de la Primera Expedición Colombiana a la Antártida, esta misteriosa pero fascinante zona del planeta.

Sin darnos cuenta, a nuestro lado, los meseros del restaurante estaban reunidos escuchando atentamente cada palabra de Ángela Posada Swafford. La ciencia no es egoísta, una de las periodistas científicas más importantes del mundo, cuestionaba a todos los participantes sobre lo que pensaban de X o Y noticia y explicaba conceptos tan complejos como el Bossón de Higgs. Dos horas y media después, todo fue abrazos y agradecimientos. Así es ella.

Ángela Posada Swafford tiene la curiosa habilidad de hacer interesante todo; habla con pasión de los genes, los mares, los volcanes o la ciencia detrás del sexo entre humanos. Escucharla es imaginar todo lo que un niño querría hacer en su vida, hecho realidad, mientras pasa de nuevo los dedos por su cabello y se agacha mientras ríe.

Descender 3 mil metros en el fondo del mar, haber besado, sí, literalmente besado, al robot Curiosity solo dos semanas antes de su viaje a Marte, nadar con ballenas, haber estado 3 veces en la Antártica, dormir hoy en Manizales, mañana en Noruega y la próxima semana en una excavación paleontológica en Chile. Así es la vida de esta bogotana, radicada en Miami hace más de 30 años.

“Yo siempre he sido así, a mí me extraña que no haya personas no tengan ese fuego interno, hay personas que no les apasionan nada, eso para mí es muy extraño, a mí me gusta montones hablar con gente que se le enciendan los ojos de la emoción cuando le hablas de algo y contar las cosas bonitas que nos rodean, las raras y las extrañas y las que no tienen explicación. A mí me parece genial que alguien me hable de algo tan raro como la energía oscura o la materia oscura”, Ángela mantiene el niño interno vivo, todo le parece sorprendente, todo merece ser contado, todo lo que ve, siente y experimenta es un universo lleno de detalles, adjetivos, sustantivos y descripciones. 

Es licenciada en lenguas modernas de la Universidad de Los Andes, pero su sueño era otro, siempre quiso ser bióloga marina, aunque hizo algunos pinitos en los 80s, terminó yéndose a la Universidad de Kansas a estudiar periodismo, estuvo un año en El Tiempo “cubriendo de todo”, fue la primera latino americana en convertirse en becaria del Knight Science Journalism Fellowship otorgada por el Instituto Tecnológico de Massachusetts, MIT y de allí hizo parte de la nómina del Miami Herald, luego de casarse con otro periodista, el señor Swafford (su apellido materno es Rockwood).

“Empecé a trabajar en un archivo, a guardar fotos pero poco a poco me hice espacios en el periódico (Miami Herald)”. Escribió de todo, pero se dio cuenta que amaba la ciencia; en su temporada de editora de cocina, se le ocurrió unir las reseñas de restaurantes con investigaciones científicas y vuola, nació una periodista científica.

Decidió, luego de casi un lustro, renunciar y dedicarse a ser freelance, “quería tiempo y espacio para escribir sobre lo que quería”. Y así fue, ha hecho parte de publicaciones como Muy Interesante España y México, El Tiempo, Suma+Mente, National Geographic, Esquire, National Public Radio, Discovery Channel y muchas otras. Además le da la vuelta al mundo participando en congresos y cursos de periodismo científico. 

“La ciencia es querer entender el mundo, querer entender la naturaleza, interrogarla y el periodismo es interrogar a la sociedad e integrar eso que los científicos hacen, llevarlo a la cotidianidad de la sociedad, que la gente entienda por qué y para qué los científicos quieren entender la naturaleza”, dice Ángela.

Ella es lo que las abuelas llamarían “una cajita de música”, cuenta con mucha gracia la manera en que ha vendido artículos exponiendo su vida, como la vez en que le dispararon a quema ropa para probar las prendas blindadas con kevlar de Miguel Caballero o la forma en que se lanzó de un barco de la Armada para estar cerca de una ballena, tocarla, sentirla, abrazarla.

Ángela sonríe constantemente, echa risotadas burlescas sin ningún problema y entre historia e historia va recordando momentos de su vida que hace años no pasaban por su mente. Cuenta las peripecias de sus programas de televisión sobre Bolivia para Travel Channel, la primera vez que estuvo en el “Cometa del Vómito” o la manera en la que se fue convirtiendo en una invitada constante de la Nasa a diferentes eventos.

Todas esas experiencias las ha ido plasmando en novelas para niños, una serie de 15 libros (va en el noveno) llamada Juntos en la aventura de editorial Planeta, en la que Ángela se convierte en la tía Abigail y junto a 3 niños recorren, un poco de ficción un poco de realidad, muchas de las noticias que ha cubierto.

El tesoro más preciado

En los años en que Ángela ha visitado más de medio mundo ha visto cosas muy extrañas, pero recuerda aún con sorpresa, su visita a 3 mil metros en el fondo del mar en una investigación marítima “para mí fue como habernos posado en la superficie de marte, eso es como haber llegado a un mundo alienígena, increíble”.

Allí vio lo que hasta el momento ha sido lo más insólito “un animal rarísimo, era como una manta de la cama, de ese tamaño, una estructura que parecía un pedazo de tela transparente con venas, yo sé que parece que me la hubiera fumado verde pero le prometo que no, no tenía ojos, no tenía cola, era una cosa sin forma que tenía venas y un corazón pulsante“, mientras intenta explicar cómo era dicho “monstruo marino”, cuando habla suelta una que otra palabra en inglés, lo que hace más vívido su relato.

Sus historias salen a borbotones, pero al hablar sobre ella se corcha.

Es amante de los pájaros y del mar, aunque este último es lo único que logra ponerla pensativa, nostálgica, el constante devenir de las olas la pone de un humor diferente, a la alegre y sonriente Ángela.

“A veces pienso un poco en la vejez, me da como una aprehensión, no como miedo, sino que digo cómo será ese momento, estaré preparada financieramente, seguramente que no, en este momento no, pero una cosa así palpable de miedo, no, llevo una vida tan satisfactoria sin mucho dinero, pero he podido hacer lo que he querido”, afirma y luego envía una risotada que mitiga la incertidumbre del futuro.

Vive en Miami, en un pequeño apartamento, en el que ha guardado cientos de suvenires de sus viajes; techo, paredes y estantes están llenos, un minimalista enloquecería allí. Le tiene gran aprecio a una tortuguita de Costa Rica que mantiene en formol, luego de encontrársela en una playa; al llegar a su hogar “ la pielecita del huevo se abrió y vi con una sorpresa enorme a una tortuguita un 80 por ciento formada, una tortuguita bebe y está agarrada de lo que queda de la yema del huevo, entonces es divina, porque tiene unos ojitos de alienígena, como de marciano, y es la cosa más tierna y simbólica para mí y allí está mirándome”.

También tiene un muñequito de barro, que ella misma hizo, mide cerca de un centímetro de alto, pero no es cualquier barro, la materia prima la obtuvo en una investigación oceanográfica que buscaba evidencia del meteorito que extinguió a los dinosaurios hace 65 millones de años, “en esas capas de barro estaba efectivamente el barro de ese meteorito que mató a los dinosaurios, ¿cómo se sabía?, porque viéndolo en microscopio encontraron que ese barro tenía un material que se llama iridio y el iridio es un metal que no existe en la tierra en estado puro, solo en los meteoritos, entonces eso fue lo que selló el futuro de los dinosaurios”.

Lo más difícil para ella, como para muchos, es el financiamiento y el tiempo, quiere hacer miles de cosas pero debe cumplir con sus artículos para poder sobrevivir, cuenta entre risas que debería conseguirse un mecenas que le pague la hipoteca y la envíe a África a investigar porque se considera una periodista de trincheras. Le gustaría hacer con más cautela sus textos, tomarse momentos más largos para “sentarme a pensar cuál puede ser la mejor forma para escribir, me gustaría poderme sentar a pensar en sinónimos lindos, en más verbos, en muchas cosas pero no hay tiempo”.

Ángela continuará escribiendo, produciendo y editando en la playa al lado de su casa, en la mitad de las montañas de Los Andes o en algún recóndito lugar del mundo sobre una nueva molécula, un submarino, o la más reciente tecnología para editar genes, el sitio y el tema son lo de menos; como dijo Carl Sagan alguna vez, «después de todo, cuando estás enamorado, quieres contarlo a todo el mundo» y ella, sin duda alguna, está enamorada de la ciencia.

 

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